Pongo estos seis versos en mi botella al mar, con el secreto designio de que algún día, llegue a una playa casi desierta, y un niño la encuentre y la destape, y en lugar de versos extraiga piedritas y socorros y alertas y caracoles.
La dueña del equipaje gris estaba petrificada. Con los ojos semi abiertos observaba a un doctor hablarle en idioma extraño, segundos antes de morir al estallar el último dedil en su estómago.
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