Agonizando y desangrándose con los pulmones destrozados se ahogaba en su propia sangre, mientras el torero esperaba con los pies juntos que se acercara de nuevo para clavar las banderillas y asegurarse asi de que siguiera la hemorragia. Arpones de ocho centímetros llamados "castigo" eran usados para someter al animal y prolongar el desgarre y ahondamiento de las heridas internas. La pérdida de sangre y las heridas de la espina dorsal evitaba que levantara la cabeza, quedando exhausto, moribundo y confundido. El toro fue atravezado con una espada de ochenta centímetros de longitud mientras el matador echando afuera el pecho, recibía los aplausos de la infanta, y de un público que lo hacía el triunfador de la tarde en aquella arena de muerte.
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