Corrí desesperado de un lado a otro pero nadie podía oírme, ni siquiera los oficiales de guardia, que sierra en mano trataban de sacar los pedazos mutilados de lo que fue mi cuerpo entre los amasijos de hierro retorcidos. Estaba irremediablemente muerto. Vi a mi familia llegar, sufrir y lamentarse. Pero más pude lamentarme yo días después al ver como se disputaban mi fortuna. Eran una verdadera jauría de lobos.
Mi hijo mayor de forma engañosa y fraudulenta logró despojar a sus hermanos de su parte dejándolos en la calle. Pero desconoce el embarazo de su joven esposa, y también que me dieron la oportunidad de volver en su propio hijo.




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