El geriátrico tenia una capacidad para alojar a cuarenta personas. De las cuales habitaban cincuenta, hacinadas en habitaciones de poca ventilación, sin embargo, todo aquello era su palacio. No se pagaba mensualidad por ser del gobierno, ni eran tan buenos los servicios de aseo y alimentación. Sólo un pequeño rayo de sol se colaba por la rendija, pero eso era suficiente para que Alberto mirara los ojos de Ana. Desde que ella ingresó nunca más deseó esperar la muerte. Y llegar a la tercera edad era para él la mejor etapa de su vida.



Comente